100 Aniversario Revolución Octubre 1917-2017
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En Octubre la Revolución volverá a llamar a las puertas de la historia

Solo desde esa voluntad colectiva en marcha se entiende el estallido de la revolución de febrero. Revolución que da lugar a ese doble poder que a la vez expresa la convivencia de dos revoluciones: una burguesa de corte democrático y otra proletaria.
Febrero 1917: ¿Una revolución espontánea?

Constantino Bértolo / 16 mar 17

“Lo único que puede afirmarse es que se tirotean el pasado y el futuro” L. Trotsky

1.- La Historia como intención.

No nos engañemos, la historiografía dominante es profundamente anticomunista y esa actitud, latente o expresa, se evidencia en todo lo que mira, toca, interpreta y juzga. A veces de una manera burda y otras con modos más sutiles, menos evidentes y difíciles de detectar si no se presta atención a todo el escenario ideológico presente en un acontecimiento que, aunque concreto, la revolución rusa de febrero, no deja de estar estrechamente relacionado con el verdadero objetivo ideológico de esa historiografía anticomunista: el cuestionamiento de la revolución bolchevique que tendrá lugar meses más tarde.

A poco que cualquiera se asome a las muchas historias de la revolución que se encuentran en nuestro mercado editorial, podrá comprobar la rara unanimidad con que al referirse a los acontecimientos que tienen lugar en la Rusia zarista durante ese febrero de 1917, se habla de revolución espontánea y se recalca y subraya que en su brote, arranque y estallido, escasa o ninguna relevancia debe concederse a unos partidos políticos que, a lo más, se sumarían a aquella coyuntura histórica tratando de orientar las aguas revolucionarias hacia sus respectivos molinos políticos. Este “negacionismo”, esta celebración de la espontaneidad de las masas, tan impropio de ese pensamiento conservador para el que masa es casi sinónimo de irracionalidad animal, no deja de ser una clara consecuencia de la intención realmente buscada por la historiografía al uso: minimizar en lo posible el papel, no tanto de todos los partidos sino, en concreto, el de uno de ellos: el partido bolchevique.

Sin negar el carácter de revolución desde abajo que los sucesos de febrero evidencian, pero para dejar constancia al mismo tiempo del importante papel que los partidos revolucionarios desempeñaron en aquellos momentos, trataremos de describir de manera concisa la secuencia de los hechos. Como es obvio, todo acontecer histórico tiene antecedentes inmediatos y próximos y otros remotos y el momento elegido para dar comienzo al relato, aunque subjetivo, no por ello debe ser arbitrario pues, en toda narración, la selección del punto de partida deja transparentar la especial mirada ideológica desde la que la narración de la historia va a producirse. Al respecto parece conveniente hacer notar que, también con extraña coincidencia, la mayoría de los historiadores burgueses proponen el asesinato del monje Rasputín a finales de 1916 como antecedente u origen de aquella revolución. Elección que por su relevancia narrativa nos llevaría a conceder primacía en el desencadenamiento de la historia a la nobleza rusa en sus discrepancias con la corona zarista. Por nuestra parte mantendremos el criterio de que esa condición inaugural debe adjudicarse a otros acontecimientos por cuanto reúnen características de especial peso y relieve.

2.- Las fuerzas del futuro.

Hay constancia de que a partir de la primavera de 1916 se reinicia, a consecuencia del empeoramiento de sus condiciones de vida y del rechazo creciente a la guerra, una nueva oleada de huelgas y manifestaciones violentas por parte del proletariado de las ciudades con mayor peso industrial. En Octubre de ese mismo año en Petrogrado, y por iniciativa de los bolcheviques, se inicia en uno de los talleres de la gran fábrica Putilov una huelga que se extendió a la totalidad de las grandes fábricas de la ciudad dando lugar a desórdenes y manifestaciones reprimidas por las fuerzas de la policía local con la ayuda de las tropas de la guarnición que, en parte y en algunas ocasiones, he ahí lo inesperado, en lugar de reprimir confraternizaron con los huelguistas.

En Petrogrado, el partido bolchevique establece ya en 1915 un comité dirigido por Chiliápnokov, Zalutski y Molotov que se mantiene en comunicación con los dirigentes que sufren exilio, destierro o cárcel y trabaja extendiendo sus consignas de paz inmediata tanto en los medios obreros como en los frentes o cuarteles.
Al comenzar el año el ejército se descomponía en los frentes de guerra, había más de un millón de deserciones, el hambre, la miseria y la subida de los precios alcanzaban inquietantes niveles y el frío se dejaba sentir con especial crudeza.

Con ocasión del aniversario del Domingo Sangriento de 9 de enero (22 de enero según nuestro computo [1]) de 1905, el comité bolchevique de Petrogrado prepara una gran manifestación obrera precedida de una huelga general que recibirá el apoyo de unos ciento cincuenta mil huelguistas aun cuando las manifestaciones callejeras apenas alcanzan importancia.

Días después, resurgen conflictos en la fábrica Putilov, donde trabajan más de 40.000 obreros, y el 22 de febrero la dirección de la fábrica decide el cierre patronal dando lugar a tumultos en los que participan obreros, mujeres y algunos estudiantes.

Para el 23 de febrero, las organizaciones socialistas habían convocado diversos actos y marchas para celebrar el “día de la mujer” y grupos numerosos de ellas a los que se suma toda una marea de obreros, recorren la ciudad enfrentándose a unas fuerzas de la policía que intentan que ocupen las calles y avenidas más céntricas.
En los días siguientes las huelgas se extienden y los manifestaciones van reconvirtiéndose en una multitud amenazante de trabajadores y trabajadoras que intensifican la intervención violenta de la policía. En la mañana del día 24 militantes de las distintas organizaciones obreras organizan los primeros soviets procediendo a la elección de delegados en las fábricas, mientras el comité bolchevique lanza una declaración indicando que “la consigna de un gobierno de salud nacional –iniciativa que apoyan los mencheviques y social revolucionarios además de los constitucionalistas liberales (kadetes)- es una maniobra conservadora y reclaman la transferencia de poderes a los obreros y campesinos.

Las revueltas, huelgas y manifestaciones no dejan de crecer. Los enfrentamientos entre la policía y los manifestantes se vuelven cada vez más violentos y, acosados, los trabajadores, crecidos en sus ánimos ante la no intervención de los cosacos, asaltan comisarías y se hacen con armas.

En la madrugada del 26, domingo, la policía había detenido a más de un centenar de dirigentes de las organizaciones obreras. Sin embargo los trabajadores vuelven a tomar las calles y cruzan el Neva helado bajo el fuego de las ametralladoras. Mueren decenas de manifestantes y los obreros, aunque logran que una parte de la guarnición del regimiento Pavlovskii reaccione en su defensa, se acaban retirando a los suburbios. Crece la ira y numerosos incendios se producen por toda la ciudad, entre ellos el del Palacio de Justicia.

El 27 va a ser el día decisivo. Los obreros afluyen nuevamente a las fábricas y, en asambleas generales, deciden proseguir la lucha. Los soldados de tres o cuatro regimientos se sublevan y, en unión de grupos de obreros, asaltan y destruyen cuarteles de la policía, entran en los arsenales y se aprovisionan de armas y municiones. A mediodía toman las cárceles y liberan a los presos políticos. Cuando llega la noche la batalla parece estar decidida pues casi la totalidad de las tropas destacadas en la capital se habían pasado a la insurrección.

Aquella mañana la Duma desobedece el decreto de su disolución ordenado por el zar y la mayoría de sus miembros, kadetes, social-revolucionarios y mencheviques, optan, ante la presión de las masas triunfantes, por constituir un “Comité provisional de la Duma” que trata a su vez de presionar al zar y de restablecer el orden público, y la disciplina militar. Por la tarde tendrá lugar la primera reunión del “Soviet de obreros y soldados” que proclama el triunfo de la revolución y decide, entre otros acuerdos, que en todos sus actos políticos las tropas han de obedecer al soviet. Nace así una coexistencia de poderes más cerca de la hostilidad que de la colaboración - el Comité provisional de la Duma que dará lugar al Gobierno Provisional, Comité ejecutivo del soviet de Petrogrado-, que se mantendrá hasta la revolución de Octubre. En la noche del 1 al 2 de marzo, las dos instituciones, se reúnen para negociar, en condiciones de igualdad un acuerdo. Pero es evidente que en aquel momento la correlación de fuerzas es favorable a unos soviets que desde su constitución controlan la vida pública de la capital, gozan de autoridad ante las organizaciones obreras, sobre la administración y, lo más relevante, sobre las tropas.

3.- La fuerzas del pasado

Para completar el mapa dinámico de los acontecimientos de febrero es imprescindible tratar también de resumir los acontecimientos que protagonizan –y aquí lo de agonizar cuadra mejor que nunca- los dirigentes políticos y militares sobre los que ha venido sosteniéndose el régimen autocrático con la figura del Zar Nicolás II a la cabeza.

Cierto que la persona del monarca cuando llega 1917 está siendo cuestionada por parte de la aristocracia, la nobleza, la alta burocracia y la alta burguesía industrial que ven como la debilidad del régimen, la desastrosa conducción de la guerra y la impopularidad de la familia real están creando un ambiente de malestar que pone en peligro sus estatus y privilegios. Sin embargo estas discrepancias no llegan a cuajar y la única señal de su existencia acaso se encuentre en el asesinato, a manos de representantes de la aristocracia palaciega, de la figura de Rasputín, extraño y extravagante personaje que goza de los favores de los Romanov. Pero más allá de este episodio nada podría alegarse sobre un posible papel activo o cómplice de la burguesía en el desencadenamiento de los acontecimientos de revuelta, huelga y revolución.

A las primeras noticias de las protestas y manifestaciones que se suceden en la capital se les otorga escasa relevancia, y, solo cuando las revueltas toman proporciones significativas y se conocen los primeros amotinamientos de soldados y cosacos, el zar y su entorno tratarán de restablecer, sin éxito, el orden enviando tropas del frente para reprimir la rebelión de obreros y soldados. Ante las reticencias de la Duma, el amotinamiento casi general de los soldados y el triunfo de las revueltas de los obreros del día 27, se decide el envío de tropas de élite y fieles que sin embargo no llegan nunca a intervenir ante el miedo a que se pongan a favor de los insurrectos. El 1 de marzo asumiendo que las tropas amotinadas no obedecen las ordenes de la oficialidad, el Zar accede a que la Duma forme gobierno y sopesa su posible abdicación. Finalmente y después de comprobar que sus jefes militares le han retirado su apoyo, decide abdicar en la persona de su hermano Miguel quien, luego de entrevistarse con los representantes de la Duma, va a rechazar su subida al trono salvo en el caso de que la futura Asamblea Constituyente se lo pidiera. El día cuatro de marzo entre el alborozo de la población se hizo público el final de la dinastía de los Romanov. La revolución de febrero ha terminado. Empieza una nueva etapa.

4. Una espontaneidad largamente preparada

La historia de la revolución de febrero parece tener como escenario casi único Petrogrado. En Moscú las noticias de lo que pasaba en la capital provocaron las primeras huelgas y manifestaciones y la toma, sin apenas resistencia, de la Duma municipal. En muchas ciudades de provincias los movimientos de obreros y la creación de soviets no empezaron hasta que la revolución triunfa. En ningún sitio salvo en la capital hubo acción alguna en defensa del viejo régimen. En la capital se contaron mil cuatrocientos cuarenta y tres muertos y heridos, de los cuales ochocientos sesenta y nueve pertenecían al ejército. Sesenta eran oficiales. La prensa burguesa habló de revolución incruenta minusvalorando la acción violenta de obreros y soldados, de modo semejante a como la historiografía burguesa española a analizaría la llamada Transición democrática sin apenas hacer referencia a las luchas obreras y ciudadanas que tuvieron lugar en los meses inmediatamente anteriores y posteriores a la muerte de Franco.

Es evidente, el relato ofrecido lo constata que la revolución de febrero fue obra de los obreros y campesinos, representados éstos por los soldados. Ahora bien, reconociendo ese claro protagonismo de “los de abajo” queda abierta la pregunta o preguntas sobre su espontaneidad: ¿La revolución surgió de manera inesperada o desde el principio fue impulsada, dirigida o coordinada desde alguna instancia política o social? ¿Fue o no fue una revolución espontánea? Para poder responder me parece inevitable tener que recurrir a aquello del “ni sí ni no sino todo lo contrario”.

Por espontáneo el diccionario de la RAE ofrece varias acepciones de las que dos tiene relación con la cuestión planteada: “Que se produce aparentemente sin causa” y “Que se produce sin cultivo o cuidados del hombre”. El dilema, aparte de presentarse como causa de disparidad en las interpretaciones que la historiografía recoge, tiene, y sobre todo tuvo en su momento, una importancia política inmediata pues la tutoría concede autoridad y legitimidad, algo fundamental a la hora de que “el doble poder”, -Gobierno Provisional, Comité del Soviet de obreros y soldados”- establezca sus relaciones y dependencias. La “teoría de la espontaneidad” obviamente restaba autoridad al soviet y además permitía hacer una lectura “natural” de la caída del Zar sin tener que adjudicar responsabilidades a las distintas capas sociales, -nobleza, burguesía, burocracia, ejército, iglesia- que hasta ese mismo momento habían venido sosteniendo la autocracia. Pero volvamos al sí ni no sino todo lo contrario.

Ni sí: si entendemos que una revolución da comienzo cuando el monopolio del poder se ve cuestionado por un acto de subversión y si aceptamos que una de las formas más frecuentes de realizarse ese acto de subversión es la disputa por el espacio público, la ocupación de las calles, las plazas, los edificios públicos, - recordemos aquel “la calle es mía” de Fraga Iribarne- parece claro que aunque las manifestaciones del “día de la mujer” hubieran sido preparadas por las organizaciones obreras ninguna de ellas habría planificado que esas manifestaciones, al encontrarse y mezclarse con las masas de obreros, fueran la chispa que disparase el conflicto. Dado que ese encuentro de obreros y mujeres reclamando pan para sus hijos y el fin de la guerra no parece responder a una voluntad previa podría resultar aceptable hablar de espontaneidad al menos hasta que las organizaciones obreras del barrio de Viborg toman la decisión de formar los primeros soviets.
Ni no: porque más que de espontaneidad habría que hablar de emergencia, de salida a la superficie de un sentimiento de opresión y rencor que responde a la conciencia de clase que a lo largo de todo el movimiento de emancipación obrera, distintos partidos y organizaciones han venido cultivando entre los trabajadores y trabajadoras, fomentando tanto la no aceptación pasiva de su situación así como la necesidad de organizarse a fin de dar expresión resuelta a su deber y derecho a enfrentarse violentamente con la clase explotadora. No olvidemos que “el día de la mujer” con que se inicia la ocupación de las calles, es planteado como un día de reivindicación y protesta que desafía ese dominio de la calle que caracteriza física, mental y jurídicamente al poder. La calle como ese lugar donde “el poder soberano” se manifiesta” y por lo tanto como ese espacio en donde ese poder puede ser cuestionado y confrontado.

Sino todo lo contrario: "La masa se puso en movimiento sola, obedeciendo a impulso interior inconsciente", escribiría Stankievich meses después dándole un carácter casi místico a la acción de aquellas masas de manifestantes. Lo que este autor no se pregunta es de dónde viene ese impulso interior o, por mejor decir: quién o quiénes llenaron ese interior de razones, voluntad y fuerza capaces de transformarse en impulso, en coraje, en voluntad de intervenir, de irrumpir para interrumpir la opresión. Si se hubiera hecho esa pregunta quizá entendería que esa espontaneidad, ese impulso, ese decir basta y hasta aquí hemos llegado, es el resultado de unas condiciones objetivas: salarios de miseria, inflación brutal de los precios, el creciente sentimiento de derrota y fatalismo en la guerra, la falta de alimentos, el frío que no se puede combatir, pero también de unas condiciones subjetivas que se han construido con la ayuda de las organizaciones y partidos revolucionarios que a lo largo de la historia han logrado introducir esa conciencia, en las fábricas, en los barrios, en los cuarteles, en los frentes de guerra, en parte de la intelligentsia, en todos aquellos sectores de la sociedad que viven el capitalismo como injusticia y sinrazón.

Y en ese papel el trabajo del partido bolchevique fue fundamental. El partido bolchevique aun cuando el estallido revolucionario coge a las mayoría de sus dirigentes en el exilio o la cárcel, ha venido creando entre los trabajadores y soldados la conciencia de que son ellos los que poseen el derecho a construir su propio destino recuperando el control de sus vidas. El partido bolchevique que comparte con el mundo del trabajo su lectura marxista del mundo. Una lectura que tiene en la historia de La Comuna de París un capítulo insoslayable y constituyente. Una lectura revolucionaria de las insurrecciones fracasadas de 1905. Un partido que impulsa de manera permanente la acción de clase para dar lugar al surgimiento de esa “espontaneidad” que solo puede entenderse si se acepta que para legar a ella, a “la espontaneidad de las masas” es necesario contar con fuerte organización, dura militancia y constante voluntad revolucionaria.
Solo desde esa voluntad colectiva en marcha se entiende el estallido de la revolución de febrero. Una revolución que da lugar a ese doble poder que a la vez expresa la convivencia de dos revoluciones: una burguesa de corte democrático y otra proletaria que por diferentes motivos se ve frenada. En cualquier caso valga decir que en febrero el futuro gana su primera batalla y queda a la espera de dar su paso definitivo. Tendrá que esperar a Octubre. Pero quienes no esperan son los bolcheviques. Lenin anuncia su llegada. La revolución volverá a llamar a las puertas de la Historia.

Nota:

1. La disparidad entre el calendario juliano por el que se regía Rusia y el gregoriano que era y es el aceptado por la mayoría de los países occidentales daba lugar a un diferencia de fechas de 13 días de adelanto entre el primero y el segundo. En este comentario utilizaremos las propias de la Rusia de aquel tiempo señalando en alguna ocasión la correspondiente al calendario actual.

 
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