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El proyecto ITER


Los millones y los peligros del proyecto ITER


Violeta Forcade / Publicado en Mundo Obrero Nº 147 / dic 03

Al margen de la decisión tomada por la Unión Europea el 26 de noviembre sobre la candidatura europea para albergar el proyecto de reactor de fusión ITER (competían Valdellós en Tarragona o Cadarache en Francia, con elección final de ésta última), lo fundamental de este asunto es contrastar las dos opiniones formuladas sobre la defensa o rechazo de uno de los grandes procesos de investigación del mundo, quizá sólo superado por la investigación espacial.

El interés del Gobierno español era tal para que Valdellós fuera la candidatura que se midiera con Canadá y Japón que, incluso, duplicó la oferta de dinero prevista en el pliego de condiciones. Así, del 10% que ha de aportar la sede finalmente elegida, unos 450 millones de euros, el ministro de Ciencia y Tecnología, Juan Costa, trasladó al consorcio internacional del proyecto ITER su compromiso de duplicar dicha cifra, alcanzando los 920 millones de euros a aportar durante los 10 años calculados en el ensamblaje de todas las piezas del reactor nuclear.

ITER son las siglas de International Thermonuclear Experimental Reactor. Hoy, como informa Ecologista en Acción, las centrales nucleares generan electricidad aplicando el principio de fisión, o sea, la rotura de átomos inestables para liberar energía. El reactor ITER, por el contrario, se basa en el mismo modus operandi de las estrellas, como el Sol: la fusión nuclear. Este fenómeno físico consiste en la combustión de tritio y deuterio, dos isótopos de hidrógeno, que provocaría su fusión, lo que formaría helio y liberaría una gran cantidad de energía. El deuterio se encuentra abundantemente en el agua del mar, mientras que el tritio es inestable y hay que producirlo artificialmente. En los diseños que se contemplan para futuros reactores de fusión, el tritio se generaría en el propio reactor.

Los datos objetivos sobre su construcción hablan de 10 años de trabajos antes de su puesta en marcha; después, un periodo de 20 años de funcionamiento, siempre en fase experimental, de cuyos avances dependerá la iniciación de un proyecto de mayor envergadura, llamado DEMO. Luego, se iniciará la fase de desmantelamiento que llevará un tiempo no menor a esos 30 años.

El dinero para ITER -unos 4.600 millones de euros, más 240 millones de mantenimiento anual- proviene de la sede de ubicación (10%), otro 10% de la UE si la candidatura final es Cadarache, mientras que el 80% restante se distribuye entre los socios internacionales, a saber, Estados Unidos, Rusia, Canadá, China, Corea del Sur, Japón y la propia UE. Frente a las dos propuestas europeas se alzan las de Canadá y Japón; el 16 de diciembre, este consorcio de países tomará la decisión final.

Pros y contras del ITER

El Gobierno español estaba tan obcecado en que el reactor nuclear ITER se instalese en nuestro suelo que llegó, siete días antes de la elección de la candidatura francesa, a poner sobre la mesa el doble de dinero. Esos 920 millones de euros de los que habló el ministro del ramo, Juan Costa -aducían desde el Gobierno central-, revertirían por la misma cantidad en forma de inversiones y empleo. En Ecologistas en Acción llama la atención el hecho de que este dinero suma casi cuatro veces más de las inversiones previstas para el fomento de las energías limpias contempladas en el Plan de Fomento de las Energías Renovables entre los años 1999-2006. Con un añadido: estas fuentes energéticas ya aportan energía a la red eléctrica, mientras que la fusión, si se llega a materializar el proyecto, no sería antes de un periodo mínimo de entre 30 y 50 años.

Ese es uno de los aspectos más curiosos del proyecto ITER: su carácter estrictamente experimental; en otras palabras, no es rentable. Para el Gobierno español, ITER equivalía a la llegada de centenares de investigadores y la creación de 100.000 empleos en 30 años. Desde los ecologistas, ITER se propone como un gran experimento que debería desembocar en la construcción de un futuro reactor que pueda producir electricidad más limpia que la de las centrales nucleares. Sin embargo, nunca se ha llegado a conseguir energía a partir de la fusión nuclear, con lo cual es más que improbable que se consigan reactores capaces de operar en condiciones comerciales algún día.

Los primeros pasos en la investigación de la fusión nuclear datan de 1957, con el físico británico J.D. Lawson; después, otras iniciativas como la de Stellarator (Estados Unidos), Tokamak (ex URSS), el JET europeo… Los resultados hasta ahora han sido insuficientes, informan desde Ecologistas en Acción. Otro de los puntos que esta organización destaca en su oposición a ITER es el relativo a su desmantelamiento.

Al igual que las centrales nucleares convencionales, al finalizar su vida operativa el ITER tiene que desmantelarse; esto requiere de un proceso de tres fases. La primera se realiza inmediatamente después de desactivar el reactor y después del proceso de descontaminación; consiste, básicamente, en la retirada del tritio radiactivo. Esta fase duraría de 5 a 8 años. En la segunda, la planta se traspasaría al Estado que finalmente sea elegido y tendrá un tiempo de latencia de unos 25 años, hasta asegurar que el nivel de radiactividad ha bajado lo suficiente como para permitir exposiciones a la radiación aceptables bajo la normativa vigente. La tercera fase desmontaría todas las estructuras de la instalación, lo que supone un mínimo de seis años. Así, las tres fases sumadas dan un mínimo de 36 a 39 años, casi el doble de vida del proyecto ITER.

Por último, el reacto núclear ITER significa la mayor apuesta por un modelo centralizado y a gran escala de producción energética: la fuente inagotable de energía, como el Sol. Los ecologistas propugnan otro modelo: una generación descentralizada, que acerque los centros productores a los lugares de consumo, racionalizando el uso energético y desde la inversión en energías limpias. El reactor ITER producirá miles de toneladas de metales radiactivos, ya que su vida media supera los 300 años, un añadido más a la difícil gestión de los residuos nucleares de las centrales españolas actualmente en funcionamiento.

 
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