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Nº 253 de Nuestra Bandera - Reflexiones en torrno a un nuevo contrato social
15 de Diciembre de 2021


Editorial  y sumario


Porque fueron, somos; porque somos, serán.

En los cuatro números de este año hemos intentado cumplir dos objetivos: en primer lugar, contribuir a la celebración del centenario de nuestro 7 Partido analizando con rigor nuestra historia y homenajeando el trabajo militante y, en segundo lugar, realizar propuestas desde distintos puntos de vista para continuar construyendo nuestro proyecto político. Son dos objetivos que, como hemos planteado, están íntimamente unidos. El historiador Eric Hobsbawm, que se afilió al Partido Comunista en Berlín en pleno auge del nazismo, explicaba en sus memorias que lo que le había atraído del Partido era que analizaba con seriedad y críticamente el momento concreto y que actuaba valientemente sobre la realidad siguiendo ese análisis. Dos aspectos que se presentan unidos en un mismo accionar. No existe mejor homenaje a nuestra historia que la militancia, que analiza, reflexiona, propone, organiza, moviliza y actúa, procesos constitutivos de nuestra identidad comunista.

Pero el 2021 que termina no ha sido un año de celebración, ha sido un año difícil en que no se ha producido la añorada vuelta a una normalidad que se presentaba idealizada. La crisis ha golpeado de nuevo de manera desigual a los distintos grupos y clases sociales. Mientras las grandes fortunas y las empresas multinacionales veían aumentar sus beneficios, las clases trabajadoras sufrieron especialmente la crisis económica. También la crisis sanitaria ha mostrado que, aunque los virus no entiendan de clases, la enfermedad y la muerte se muestra de manera desigual en función de los recursos de los que se disponen. La situación hubiese sido mucho más difícil para las clases populares si desde el Gobierno central se hubiese vuelto a apostar, como en la crisis de 2008, por las llamadas políticas de ajuste, que realmente son recortes para la mayoría y rescate y privilegio para la minoría.

La pandemia quizás nos hizo olvidar el verdadero rostro de lo que denominamos normalidad. La normalidad era y es la precariedad, la violencia machista, el cada vez más complicado y frágil proceso de emancipación para la juventud, la especulación con los bienes de primera necesidad como la vivienda o la energía, el deterioro de los servicios públicos como la educación y la sanidad, las relaciones de dominación y dependencia entre los pueblos, el desigual acceso a la justicia, la crisis de la democracia, el racismo y la xenofobia, el odio al diferente... Y cuando despertamos la crisis climática seguía ahí, amenazado nuestro futuro, pero también nuestro presente. La normalidad son problemas complejos y acuciantes para la clase trabajadora, pero que parecen ser también una magnífica oportunidad de negocio para los grandes poderes económicos.

En definitiva, la nueva normalidad aumenta la sensación de inseguridad que ya marcaba nuestra vida. Junto a los problemas anteriores queda la sensación de fragilidad, la huella en nuestra consciencia de que en cualquier momento nuestra sociedad puede volver a tambalearse. En el marco de la inseguridad, la extrema derecha y una derecha cada vez más radical plantean un relato simple y directo que señala culpables, sean las feministas, las personas inmigrantes, los sindicatos, la juventud, los movimientos sociales, la periferia o, en general, lo que denominan los «progres». Las políticas que plantean son las tradicionales recetas neoliberales, pero con un discurso más directo que expulsa, por ahora solo dialécticamente, a amplios grupos sociales y políticos de la vida social y política. Cada vez más, escuchamos la retórica que interpela a los «españoles de bien», a la España de verdad, que excluye implícitamente a la mayoría de la sociedad. Son las viejas tácticas de la derecha populista, que suponen un riesgo para la democracia y el pluralismo político y social. La historia del siglo XX (de nuevo la importancia de conocer nuestra historia) nos muestra el riesgo de que estos discursos puedan ponerse en práctica.

La idea del nuevo contrato social pretende abordar los problemas que se sitúan en la raíz de esta creciente sensación de inseguridad. Rossana Rossanda, cuya familia fue golpeada por la crisis del 29, relataba que se unió a los comunistas porque solo ellos planteaban la evitabilidad de lo no humano; en definitiva, que las consecuencias de las crisis no dependen de fuerzas incontrolables, sino que pueden abordarse desde lo colectivo. Los problemas complejos no tienen soluciones simples ni tampoco rápidas, y, como sabemos, las altas expectativas populistas pueden volverse en contra de las fuerzas progresistas. Ahora se trata de poner en la agenda los grandes problemas sociales y ecológicos, de discutir, desarrollar e implementar políticas, con decisión y firmeza. Para la construcción del nuevo contrato social se trata de abrir un debate amplio, pues deben ser amplios grupos sociales, sindicales y políticos los que discutan y desarrollen propuestas y se organicen y movilicen en torno a ellas.

No se trata de que la movilización social acompañe las propuestas, sino de que estas surjan de la movilización social, como planteamos en el número anterior. Con alegría revolucionaria, frente al miedo y el silencio que nos quieren imponer, nos embarcamos en esta tarea. Y, a la vez, somos conscientes de que el contrato social en el siglo XXI no se queda en nuestras fronteras. No debe quedarse.

El horror que produjo la Segunda Guerra Mundial puso en marcha una conciencia internacional antifascista y una estructura internacional de contención, de funcionamiento intergubernamental, claramente insuficiente, la ONU. De la misma forma que en el siglo XVIII el contrato social claramente se erigió en referencia y norma para garantizar los derechos humanos por los Estados, en la actualidad esa función precisa entidades supranacionales que vayan más allá en la defensa de los derechos humanos. La imagen cotidiana de miles y miles de personas, migrantes, enganchadas en las alambradas de las fronteras, es una denuncia de lo que está pasando: sufrimiento y muerte. Es la evidencia de la crueldad del capitalismo. Si a todo ello añadimos la perspectiva anunciada por la Cumbre del Cambio Climático en Glasgow de un dramático empeoramiento a corto plazo, que ha llevado a afirmar al secretario general de la ONU, Antonio Guterres, que «estamos cavando nuestra propia tumba», nuestra conclusión no puede ser otra que asumir que es el momento de evitar tal catástrofe.

Nuestra Bandera sale a la calle bajo el título Reflexiones en torno a un nuevo contrato social, y quiere contribuir a impulsar este debate con las distintas aportaciones que se hacen al mismo, sobre una problemática que hoy está en la agenda social, el contrato social para el siglo XXI.

Se inicia la sección POLÍTICA con el artículo de Enrique Santiago y Ricard Juan «Sobre el nuevo contrato social», que constata el deterioro de los servicios públicos y las precarias condiciones laborales en estos sectores como consecuencia de los recortes impuestos por la Unión Europea, el FMI y el BCE ante la crisis financiera de 2008 y analiza las medidas adoptadas por el Gobierno de coalición para amortiguar el impacto en el empleo y en la sociedad provocados por la paralización de la actividad económica durante la pandemia. Valora la alianza entre Unidas Podemos y los sindicatos de clase y otros, como determinante para superar las resistencias de los sectores más socioliberales del Gobierno y poder aprobar las medidas del «escudo social». Desde la garantía que supone la izquierda en el Gobierno, señalan los ejes de la reconstrucción que debe desarrollarse en nuestro país, construyendo en ese marco un gran acuerdo, un nuevo contrato social, un estatuto de los trabajadores del siglo XXI que responda a otro modelo de desarrollo y crecimiento, generalizando derechos y empleo de calidad.

Ramón Górriz y José Babiano, en «Una nueva correlación de fuerzas para un nuevo contrato social», señalan que hoy resulta de una urgencia perentoria invertir el proceso de degradación de derechos y la creación de un marco democrático de relaciones laborales, institucionales y legislativas sobre el trabajo. Indican que se necesita impulsar una estrategia a medio y largo plazo sobre la base de alianzas políticas y sociales para defender unas condiciones de vida dignas. Esta disputa requiere, para los autores, dichas alianzas, un programa antiliberal y una movilización general que revierta la correlación de fuerzas. Muestran su escepticismo ante la posibilidad de un nuevo contrato social mientras quienes están detrás de la agenda neoliberal gocen de la capacidad de su aplicación. Los grandes acuerdos de época, como el de la segunda posguerra, nunca han tenido lugar sin que los movimientos obreros hayan tenido capacidad de intimidación, sin que las burguesías perciban con claridad su poder, concluyen.

Elena Blasco, en el trabajo «Igualdad, solidaridad, corresponsabilidad y sostenibilidad: un contrato social para el siglo XXI», plantea la necesidad de remodelar los cimientos de un modelo social y económico que perpetúa desigualdades sociales y de género y hacerlo en alianza con otras fuerzas políticas, sociales y sindicales para construir un nuevo contrato social que, además de reconstruir y modernizar la economía del país, afronte la emergencia climática mediante una transición justa; la pobreza estructural, la laboral y la generada por la pandemia; los problemas de la llamada «España vacía», etcétera, así como la siempre postergada igualdad efectiva y real entre mujeres y hombres. Desgrana las reivindicaciones que desde CCOO plantean las mujeres sindicalistas, para acabar con un nuevo «No pasarán» referido a la ultraderecha, que ha hecho de los derechos de las mujeres y del feminismo el centro de sus ataques, junto a los de la población LGTBI+, migrante, etcétera.

En «Alianzas para construir un nuevo contrato social», de Héctor Maravall, se analizan los ejes en que debería basarse el contrato social del siglo XXI, señalando que será una tarea difícil en la que habrá que avanzar paulatinamente, dándole una dimensión supraestatal y, en todo caso, sustentándose en una correlación de fuerzas políticas y sociales claramente favorable que requerirá ampliar sustancialmente el espacio electoral de las izquierdas. En opinión del autor, lo anterior pasa por dar y ganar la batalla cultural frente a las diversas formas del neoliberalismo con el apoyo activo del diverso tejido asociativo, al igual que considera necesario fortalecer el sindicalismo de clase.

Carlos Sánchez Mato, en «¿De verdad queremos pactar un nuevo contrato social para el siglo XXI?», constata el aumento sin precedentes de la pobreza y la precariedad tras la crisis de 2007, que ha provocado una profunda fractura social y la quiebra del contrato social vigente que se basaba en paz social a cambio de trabajo en condiciones dignas y servicios públicos. El autor reflexiona sobre las bases del nuevo contrato social para el siglo XXI, señalando que debe contemplarse desde una alternativa de cooperación, producción, de lo público, de vidas seguras, de equidad y de justicia frente a lo propugnado por la clase dominante de nuestro país. Por eso es esencial —indica— que el Estado se implique en evitar la explotación que está en el origen del enriquecimiento de una minoría. Señala que el nuevo contrato social deberá ser entre la ciudadanía organizada y el Estado, y constituir una alternativa al sistema.

«Un proceso constituyente para frenar la amenaza reaccionaria» es la aportación de Ángel de la Cruz. En su trabajo plantea que hoy no es posible construir un proyecto emancipador obviando los límites de la crisis ecológica- planetaria, relegando a posiciones subalternas a las mujeres y a sectores sociales enteros y aprovechándose in æternum de los recursos de los países pobres. Resalta que la izquierda revolucionaria debe apostar por un proceso constituyente que se materialice en un nuevo contrato social que recoja los principales retos políticos y sociales de la clase trabajadora y los sectores populares. En caso contrario, indica, podemos vernos abocados a una doble trampa: la integración posibilista, por la vía institucional, o la integración reaccionaria, por la vía ideológica. Asevera que ambas, en el fondo, parten de una misma claudicación.

En «La financiación de las pensiones en España: exigencia de autosuficiencia y financiación finalista», la autora, Concha Salvador Cifre, toma posición frente a los postulados de la economía conservadora que defiende la necesidad del endurecimiento de los requisitos de acceso al sistema de protección y de reducir las pensiones, ante la imposibilidad de financiar el sistema en base —fundamentalmente— a las cotizaciones. Sostiene que un sistema contributivo de reparto no genera automáticamente autosuficiencia financiera y la decisión de recortar el gasto es una opción política entre otras posibles actuaciones, añadiendo que el criterio de solidaridad del sistema de pensiones abre la vía de ser financiado con fuentes complementarias, como ha venido haciéndose hasta la fecha, en base a acuerdos sociales. De esta forma, concluye, puede seguir siéndolo si hay voluntad política de distribuir el crecimiento económico, de que el contrato social lo reivindique y de que se adopten las decisiones políticas correspondientes.

Ismael Sánchez, en su artículo «Nicaragua vence al imperialismo desde el combate ideológico. Con el Frente Sandinista o con el Imperio», analiza el contexto político, social y económico de Nicaragua tras los comicios del 7 de noviembre de 2021, en los que el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) obtuvo una contundente victoria pese a la campaña de agresión injerencista puesta en marcha por Estados Unidos con la colaboración de sus países aliados y grandes grupos mediáticos.

En la sección POLÍTICA incluimos, también en este número, «Experiencias militantes y de compromiso con el PCE», recogiendo testimonios vitales y profesionales vinculados al PCE de distintas personas.

Contamos con Ernesto Caballero, que en «Historia Viva del PCE» nos relata su intensa vida militante desde que en 1958, con veintitrés años de edad, ingresó en el PCE. Ejemplos los había tenido con sus tíos y su padre alcalde de su pueblo, luego guerrillero, abatido por la Guardia Civil. Una vida de clandestinidad recomponiendo el Partido en Córdoba —su tierra— y otros lugares de Andalucía; pasando la frontera con Francia, reuniéndose en París con los dirigentes del PCE, viviendo con identidades falsas, arriesgando su vida, una familia que siempre le apoyó... Una militancia que marcó su vida para siempre y acabó con él de diputado en la Cortes Generales después de pasar por el Parlamento andaluz.

Julia Hidalgo, en un sentido relato, «Recuerdo de una lucha colectiva», nos cuenta cómo su ingreso en el Partido en la Facultad de Políticas de Madrid, en 1970, le cambió la vida, la forma de entender las relaciones, la forma de comprender el mundo. Nos dice: «El Partido me enseñó a vivir de otra forma. Me enseñó la necesidad de defender los principios de igualdad y justicia. Me enseñó el valor de la solidaridad y la necesidad de organizarse para cambiar el mundo. Para cambiar la vida. El Partido nos enseñó que era imprescindible formarse». Detenciones, exilio, los y las camaradas que marcaron su vida o los que le enseñaron que sin lucha colectiva era imposible cambiar esta sociedad, o los que le dejaron un recuerdo imborrable, o quienes en su ciudad, Sanlúcar, contribuyeron a acabar con la dictadura. Y acaba reafirmándose en sus convicciones y reconociendo que el Partido, junto «con el sedimento de la educación de mis padres, ha sido el gran maestro de mi vida».

Dionisio Vacas Cosmo, en «Retazos de militancia», describe los acontecimientos más relevantes de su trayectoria política, sindical y laboral como el destierro, su entrada en el PC, la huelga de la Sanidad, la formación de la Asociación de Cabezas de Familia de la Malvarrosa, la organización de CCOOPV, la legalización del PCE, la participación en la Transición, el 23F y su especial relación con Cuba, destacando también los hechos que emocionalmente más le impactaron, como fueron las muertes de su hijo Carlos y la de Antonio Palomares.

Antonio Romero, en «Contar en la biografía la militancia en el PCE es símbolo de reconocimiento general a los y las camaradas» nos relata la historia de su compromiso político vinculado a la lucha de los jornaleros y el papel del Partido en la misma, desde la II República hasta nuestros dias. Es el relato de la organización de los y las trabajadoras en defensa de sus intereses y dignidad, de las grandes movilizaciones, la ocupación de fincas, de la Reforma Agraria, de las condiciones dignas de trabajo, de la supervivencia de miles de familias: el empleo comunitario, el subsidio agrario y tantas conquistas arrebatadas. El autor destaca también su condición de diputado en el Congreso y subraya que la pasión por la unidad ha sido siempre el eje y el norte de la política del PCE, que ha situado siempre los intereses generales de la clase trabajadora y de nuestro pueblo por encima de los intereses partidistas.

Lola Sánchez, en su relato «... se llama comunismo», nos relata la trayectoria vital que la llevó al compromiso social y sindical, que fue la puerta natural de entrada en el Partido. En su escrito refuerza el valor del aprendizaje político que da la lucha social y el avance ideológico en sus ideas. Recuerda cómo, desde su compromiso, descubrió el feminismo y lo incorporó a su lucha diaria, cómo aprendió de camaradas como Josefina y Marcelino, resalta el aprendizaje unitario de Pepe Díaz, su incorporación a IU en un momento interno difícil, donde sigue trabajando, y concluye con frases del Pepe Díaz, el Che, Dolores y Marcelino... que constituyen pilares básicos de su pensamiento.

Y, por último, Teresa Arenillas que, en su relato «Mi encuentro con la FIM», va desgranando desde su incorporación a la Fundación los debates fundamentales y publicaciones que se fueron promoviendo con la incorporación de filósofos, arquitectos y críticos e historiadores del arte. Debates y propuestas que tenían relación con la coyuntura política y social: el papel de los presupuestos en la planificación urbanística y su relación con el bienestar ciudadano, en los años ochenta; los asuntos de la ecología en los noventa; el homenaje a Henri Lefebvre; el debate modernidad/posmodernidad, o en el 94, solo con filósofos y arquitectos, sobre la deconstrucción con 13 Jacques Derrida. La autora mantiene un interés permanente por el desarrollo de un pensamiento crítico y transformador en su espacio de realización profesional, el urbanismo, que, como arquitecta, considera una pieza fundamental de la construcción de la alternativa, «de una sociedad más justa e igual y con mejor relación con la naturaleza».

La sección de CULTURA la abre Antonio Maíllo, quien en «La Fiesta del PCE, memoria política en la izquierda española» hace un análisis de las fiestas del PCE desde la primera de 1977, en Torrelodones, caracterizándolas como fieles reflejos de las diversas coyunturas que han atravesado el espacio del PCE y sus alianzas; constituidas en escuelas de formación y pistoletazo de salida de cada curso político y sus claves; como espacio de disputa de una batalla cultural por la hegemonía; lugar de encuentro entre militantes y simpatizantes, y punto de difusión las líneas de cada curso político entre los comunistas y con la sociedad en general. Maíllo apunta el papel fundamental de la militancia, que salvó la fiesta, y concluye señalando que el éxito político de la última edición se ha convertido en una señal más de que hay Partido, que no es un fin en sí mismo, sino un instrumento al servicio de quienes ni se resignan ni renuncian a construir una sociedad de valores democráticos plenos.

Y continúa con «Lawfare y guerra mediática», de Francisco Sierra Caballero, parte de que toda información obedece a la lógica política y a la vez es mercancía con sus procesos de acumulación y reproducción, de ahí que la batalla por el control y hegemonía ideológica sea constante. Constata que Reagan lo demostró en los años ochenta combinando la consolidación mercantilista de la información con la consecución de sumisión a través de la judicialización de la política. De esta forma, analiza, han dado los procesos a dirigentes de la izquierda como Lula, Evo Morales, Rafael Correa, etcétera, contribuyendo a ello la internacionalización del odio, ingrediente de la extrema derecha, como demuestra el auge de las creencias evangélicas en América Latina. Señala que Estados Unidos ya no utiliza los golpes de Estado, sino la combinación de «descalificación y presión», aplicada a los casos Assange y Wikileaks. Concluye con la paradoja de que la era de la transparencia es la del secreto, con un modelo informativo opaco.

La sección CENTENARIO DEL PCE aborda, en esta última entrega, el período comprendido desde 1975 hasta nuestros días, desde la Transición hasta hoy, con cinco artículos y dos documentos.

Abre la sección Mónica Moreno Seco con «El partido de la liberación de la mujer», donde analiza que entre 1975 y 1982 el PCE asumió buena parte de las demandas del feminismo de la segunda ola en su discurso oficial y en su acción parlamentaria. La autora constata, sin embrago, que el esfuerzo por transformar las relaciones personales entre militantes y el funcionamiento interno del Partido ofrece un balance desigual, pues pervivió «la contradicción entre discurso igualitario y prácticas excluyentes».

El siguiente trabajo, «Dos proyectos en IU. Política de alianzas o reconversión “poscomunista”», forma parte del legado que nos dejó Javier Navascués. Fue publicado en 2006, en el número 24 de Papeles de la FIM, y recogía las ponencias presentadas en unas jornadas de la Universidad Complutense de Madrid en mayo de 2005. En el artículo, en el marco del análisis de las políticas de alianzas y estrategias unitarias del PCE, traza un lúcido análisis de las bases, acertadas, que sustentaron el nacimiento de IU, convirtiéndolo en una alternativa real. Analiza su desarrollo en una situación muy dura para la izquierda a nivel mundial que acabó impactando en su desarrollo, lastrada por la batalla interna en torno a su reconversión en un partido político y sufriendo un brutal acoso mediático y político que terminó por bloquearla en un momento en que en España empezó la fase más dura del neoliberalismo, donde no pudo o supo reformular su política y continuar su desarrollo. Las reflexiones de Navascués en torno a los análisis del PCE sobre la política de alianzas a partir de los noventa en sus congresos le lleva a afirmar que no solo se necesita una convergencia basada en un programa para construir una alternativa real a las políticas de derechas, sino que se necesita, además, una propuesta estratégica. «El problema no es qué va a ser de IU, sino qué quiere hacer el PCE», concluye.

En «Convocatoria por Andalucía: un proyecto alternativo», Felipe Alcaraz nos sitúa ante la historia de la construcción de una alternativa de poder frente al bipartidismo, la política neoliberal y la congelación del Estado de las autonomías. Se trata de un proyecto de frente amplio en torno a la elaboración de un programa participativo. Dicha propuesta se lanzó en 1984 en el seno de la política de convergencia discutida por el PCE.

En su trabajo, «La difícil política internacional del PCE y de IU», Pedro Marset destaca el papel del PCE en la transición democrática española forzando un marco democrático de reconciliación nacional y una apuesta por entrar en el Mercado Común Europeo, ámbito de desarrollo económico y democrático. El eurocomunismo, presentado en Madrid por Georges Marchais, Enrico Berlinguer y Santiago Carrillo, así lo plantea. El autor señala que la desaparición de la Unión Soviética y su «campo socialista» en los años noventa no alumbró ninguna alternativa solidaria, y analiza cómo el ataque de Bin Laden del 11 de septiembre de 2001 quebró la trayectoria alcanzada y propició un ámbito antidemocrático y de precariedad creciente. Esa desaparición del campo socialista no fue compensada con iniciativas de progreso social ni avances democráticos por parte de la presencia China. Sostiene que la carrera internacional depredadora (causante de la pandemia) exige una solidaridad internacional, como el Partido de la Izquierda Europea (PIE), creado en Roma en 2004, así viene reclamando.

«El papel del PCE en la lucha por la paz, la seguridad y las movilizaciones contra la OTAN», de Willy Meyer, comienza analizando las grandes movilizaciones anti-OTAN en el marco del resurgimiento del movimiento pacifista mundial entre los años sesenta y ochenta, y su nuevo impulso en 1983 contra el intento de instalar misiles nucleares de alcance intermedio en Europa y el Proyecto de Iniciativa de Defensa (SDI), conocido como «guerra de las galaxias». En este análisis el autor referencia la campaña «OTAN no, bases fuera» y el propio referéndum contra la permanencia de España en la OTAN, formulando la nueva política de defensa del PCE: «defensa neutral integrada» (1985), en la que basaría su campaña contra la permanencia en la OTAN. Posteriormente analiza los cambios políticos y sociales que llevan al PCE a reformular su política de defensa y cómo ante las elecciones de 1996 defiende la eliminación del servicio militar obligatorio y un ejército reducido y profesionalizado. Para finalizar, el autor plantea el reto de construir un nuevo «sistema de seguridad humana» basado en Carta de las Naciones Unidas y recuerda el compromiso reciente de la direccion del PCE de impulsar un nuevo debate sobre seguridad y defensa, para contribuir a construir un «nuevo modelo de seguridad humana desmilitarizada».

El trabajo de Julio Setién, «El PCE y la ecología política», se inicia constatando la tardanza de la sociedad española en incorporar al análisis político las categorías ecológicas, algo que afectó también al PCE. Sería a partir del informe del Club de Roma (1972), Limits to growth, donde se plantea la necesidad de poner límites al crecimiento indefinido y acelerado de la producción de bienes materiales. Una década en la que se manifiesta el fin del keynesianismo y la emergencia de la «revolución conservadora» de Milton Friedman, aplicada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, que tiene como respuesta la dada por Enrico Berlinguer: «la sociedad de la austeridad». En ese marco, el autor destaca la labor desempeñada en el PCE por Manuel Sacristán y sus discípulos, entre los que destacaron Francisco Fernández Buey, Joaquín Samper, Ernesto García, Antonio Domenech, José Martínez Alier, Ladislao Martínez, Alberto Rico, Vicente Romano, José Ibáñez, etcétera, hasta conseguir declaraciones y compromisos tanto en el PCE como en IU. Ejemplo de ello han sido el debate sobre la capa de ozono (1987), el Manifiesto Ecosocialista (1988), la «alternativa energética» (1991), la «nueva cultura del agua» o los debates propiciados por la FIM, la nueva forma de entender la contabilidad nacional desde el punto de vista ecologista o la asunción del decrecimiento como la vía para la recuperación que propuso el PCE en su XVIII Congreso.

Completan este apartado dos documentos: la Declaración Política de la Plataforma Cívica (1986) y el documento del Acuerdo Político que fundó Izquierda Unida (27 de abril de 1986).

Por último, en la sección de LIBROS contamos con cuatro recomendaciones. La primera, ¡No pasarán! Biografía de Dolores Ibárruri, Pasionaria, de Mario Amorós, que cuenta con la reseña de Sergio Gálvez Biesca. Le sigue la obra de Manuel Sacristán Sobre Jean-Paul Sartre, con reseña de Jaime Aja. En tercer lugar, con reseña de José Manuel Mariscal, la obra de Antonio J. Antón El sueño de Gargantúa. Y cerrando, Un siglo de comunismo en España. Historia de una lucha, con Francisco Erice como director, reseñada por Jaime Aja Valle.

Finalmente, Nuestra Bandera agradece a Jaime Aja y Pedro Marset el trabajo que específicamente desarrollaron en este número. Y, como siempre, la revista reconoce y da las gracias a los autores y las autoras por sus contribuciones, así como a quienes hacen posible que estas páginas vean la luz.

 

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